jueves, 15 de septiembre de 2011

SI PODEMOS CONVERTIRNOS EN UN PAIS DEL PRIMER MUNDO

ECONOMIA CON INCLUSION SOCIAL
JESUS JIMENEZ LABAN

Para asumir y responder con visión, solvencia y responsabilidad social los retos del siglo XXI, resulta crucial reformar y modernizar el Estado peruano. Esto supone un hercúleo trabajo y esfuerzo por introducir al Perú en su conjunto a la economía del conocimiento. Y es, precisamente, lo que  se debería hacer con más proactividad , de la mano con un liderazgo social que ponga en movimiento al país en camino hacia una moderna y creíble modernidad al servicio de las mayorías.

Obviamente, cuando hablo de reforma del Estado (transformación total adecuada a una nueva realidad) no me refiero a un fenómeno similar a la descentralización del año 2002 que amplió la noción del Estado como unitario, representativo y descentralizado. Tampoco estamos hablando de una modernización del Estado, (conjunto de procesos y acciones adecuados a una mejora), tal como se ha hecho hasta ahora, un conjunto de parches que no ha tenido ningún efecto en el tránsito de sus estructuras hacia una economía del primer mundo.

Vale recordar, en la historia económica se ha defendido la existencia de un estado robusto para auspiciar las políticas industriales, idea que está en desuso desde hace mucho tiempo.  El Estado no es jugador sino un arbitro con órganos de control para evitar ir a los extremos en la economía. La realidad quiso que se implemente en el país el Consenso de Washington –como en muchos otros países- lo cual significó una corriente de privatizaciones, concesiones, responsabilidad fiscal, menor endeudamiento y profundización de la democracia dentro de un estado de derecho, entre otros puntos. Los cambios casi siempre se han dado en función de los ciclos económicos.

En realidad, vivimos tiempos en los cuales los organismos internacionales, los documentos de trabajo y las mentes más lúcidas ponen el acento en la equidad social, el desarrollo humano y la modernización a través de infraestructura de telecomunicaciones, los rieles de la globalización, un fenómeno eminentemente financiero. Como prueba de lo antes dicho puedo presentar aportes desde el PNUD (“Informe sobre desarrollo humano”), pasando por “La Hora de la Igualdad, brechas por cerrar y caminos por abrir” (CEPAL), el “Replanteamiento dela Función del Estado” del Banco Mundial hasta “Las Políticas de Empleo” de Peter Diamond, Dale Monrtensen, Christopher Pissarides que comparten el Premio Nobel de Economía 2010.

Palabras más, palabras menos, todos hablan de lo mismo: la pobreza, el empleo y las formas de modernizar y digitalizar las estructuras de los Estados, asegurar el bienestar social para conjurar los peligros del atraso, la violencia y el estancamiento y la corrupción.

Entonces, los cirujanos del Estado peruano tendrán –más temprano que tarde- hundir el bisturí en el corazón del problema: qué hacer con la burocracia. Por supuesto, estas reflexiones no pretenden hacer una crítica ácida contra los empleados públicos, sino más bien de aportar algunos elementos para hacer una prospectiva de cómo solucionar el problema recogiendo las ideas y propuestas de muchos. Hay quienes dicen, insisto, por ejemplo, que cuesta menos construir una nueva que recomponer la antigua, pero hay consenso en que una buena forma de pensar es encargar a los gestores de talentos el reclutamiento de personal altamente calificaco a la altura de la necesidad suprema, mejorar la gestión pública para ser más competitivos en el mundo.

En esta nueva era de la prisa y de la inmediatez, se requiere un estado moderno, global, ágil, ahorrativo y transparente con acceso a información y en alianza estratégica con otros Estados –como podría ser países integrados a los mecanismos de integración en la región y muchos otros del mundo vía acuerdos de promoción comerciales (TLC) – en procesos de integración regionales, hemisféricos y mundiales para aumentar la oferta exportable, conseguir crecimiento, desarrollo con calidad de vida de las naciones.

“Sí podemos convertirnos en un país del primer mundo”

TIEMPO DE DETENERSE Y PENSAR EN EL PERU

JESUS JIMENEZ LABAN

Asistimos a una nueva época, la era de la prisa. Es el tiempo también de los contenidos y del conocimiento que nos hace ver que quien no tiene experiencia, no existe. Muchos desayunan con las noticias CNN, el periódico The Wall Street Journal o las noticias ampliadas de la radio sobre la próxima caída de la bolsa, las cuentas dudosas de las empresas o el relajo de la seguridad, una característica de la economía del conocimiento, las telecomunicaciones y las tecnologías de información y comunicación, los rieles o las superautopistas de la globalización.


Pero, en medio de estas labores, hay una sentencia para todos: “¡INNOVAR, o MORIR!”. Tenemos que correr no a la velocidad de los caballos sino a mil por hora, a la velocidad del las redes sociales  para no ser desplazados por el mercado.

En esta batalla por llegar primeros al conocimiento nuevo y siendo la globalización un fenómeno eminentemente financiero, tecnológico, cultural la gente quisiera que le coloquen un chip en la cabeza para estar al día en las nuevas calificaciones crediticias,  los cambios de las tasas de interés, la revaluación o depreciación de las monedas, las ganancias de las acciones o la quiebra de nuevas empresas. No cabe duda, el mundo se está volviendo más veloz y cada vez más interdependiente. Tanto que cuando un mercado financiero se agripa en un continente, todos los demás estornudan. Es el momento de la rapidez y de la vida virtual, la “second life”. De manera que quien no llega a tiempo, no asimila el paso de la escrituralidad a la virtualidad, pierde el tren del progreso y de la prosperidad.

Abundan los casos en los que unos suben por el ascensor mientras que otros todavía lo hacen por las escaleras. Estos últimos son los condenados a quedar rezagados como seres no digitales que se hundieron en la brecha del nuevo analfabetismo, el no tener acceso a la red, internet, aplicaciones. Y esto es cierto tanto para personas y empresas como para los Estados.

La empresa privada está creciendo demasiado rápido y se está modernizando, pero esto no guarda sincronía con un estado que sigue anquilosado –casi esclerótico- en los primeros años del siglo XX, salvo raras y honrosas excepciones. Es usual echarle la culpa a la burocracia, pero ésta en sí no es mala. Lo que pasa es que su sistema está envejecido y ya no aguanta más. Hay quienes sostienen que costaría menos poner en marcha una nueva que clausurar una vieja. Y es que lo se quiere es migrar del "grupo de proyecto" al "trabajo en equipo", el paso del sueño a la acción como transición fundamental a crear una nueva estructura de cara al mundo moderno.

Entonces tenemos aquí un tremendo problema de sincronismo, un desfase en el tiempo entre la economía, el Estado que no funciona y una sociedad sin igualdad de oportunidades por razones distribución de recursos, calidad de educación o de asimetría en el acceso a la información, lo cual supone formación, capacitacion y entrenamiento del recurso humano en función de lo que demanda la globalización y la sociedad de la información. Lo que está por ocurrir en el Perú es, como se ha dicho aquí,  el paso del muslo a la inteligencia, siempre y cuando haya voluntad de cambiar las cosas.

Paradójicamente, la gente que está involucrada en el problema y que probablemente puede ser parte de la solución, no tiene tiempo para detenerse y pensar en estos detalles. Es cierto que existen profesionales que han cambiado su modo de trabajar, pero la ley, las estructuras y los procesos siguen siendo lentos. Por eso, el reto de los próximos años es hacer a un lado un montón de chatarra y poner a caminar a todos al mismo ritmo y velocidad pero al mismo tiempo colocar filtros para no terminar sobornando a la gente para que trabaje como ha pasado en economías planificadas. A más acceso a la información, más transparencia y por ello mismo más profundización de la democracia.

Entonces, lo que aquí en el Perú falta es un equilibrio entre sincronización y desincronización. Es el mismo problema –aunque en otras proporciones- que tienen las grandes potencias Estados Unidos, China, Japón, Reino Unido y la Unión Europea, pese a su crecimiento y desarrollo. La fórmula es simple, pero su implementación compleja. La urgencia es tener una economía de avanzada, pero se necesita una sociedad de avanzada.

Lo que está fallando en el Perú es lo segundo y remedios efectivos para el corto, mediano y largo plazo son la educación, volver veloces las estructuras políticas en sincronía con la economía del conocimiento y construir un país competitivo con más centros de innovación e impulso a la ciencia y la tecnología. Empecemos por romper las estructuras obsoletas y carentes de objetivos.

Si alguien preguntara ¿qué tan bien está Perú cuando tiene que moverse al ritmo de las potencias industriales? Para nadie es un secreto que la respuesta sería que el Perú es lento –todavía muy lento- de cara al resto del mundo post industrial. Y es que el país todavía no corre mucho sino camina algo lento y muchos casos todavía renquea, pero eso no es lo ideal a la altura de un mundo global. De manera que no nos engañemos cuando solamente hablamos de una economía sólida, buena acumulación de reservas, déficit fiscal, Inflación, deuda externa bajo control y estabilidad cambiaria. Como decía el poeta César Vallejo, “…hay todavía mucho por hacer”.

Sí PODEMOS CONVERTIRNOS EN UN PAIS DEL PRIMER MUNDO

EL GRAN SALTO
Jesus Jiménez Laban

Con frecuencia escucho a los políticos que repiten aplicadamente las ideas y lecciones de los gurús que visitan con cierta frecuencia el Perú. Y, por supuesto, no me parece mal que se familiaricen o adapten nuevas formas de ver el mundo.

Sin embargo, lo importante es ponerlas en acción, cosa que ciertamente depende de un cambio de mentalidad, de una nueva línea de pensamiento frente al mundo del siglo XXI. Para empezar a construir un nuevo Perú debemos empezar a sacar de nuestras cabezas el chip de la Revolución Industrial del siglo XIX, era que se ubica en el ocaso, si es que no se ha ido para siempre. La nueva era es la que vivimos con Internet, con la Tecnologías de Información y Comunicación que cada vez más tendrán peso gravitante en el Producto Bruto Interno (PBI) de los países.

Sí, em efecto,  es una nueva era, no un simple ciclo económico para usar los términos de Joseph Schumpeter, quien destacó el papel del empresario como agente de inversión e innovación para el aumento o disminución de la prosperidad. Pensar como hombres del siglo XXI es abandonar la idea de que estamos creciendo con pies de plomo y por ello caer en la autocomplacencia. ¡Cuidado! Estamos creciendo, sí –qué duda cabe- pero sólo porque exportamos materias primas, cuyos precios se han disparado como lo vemos en el oro en las bolsas del mundo-, algo que el algún momento invitó a proponer a funcionarios de la talla de Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, el retorno al patrón oro en vista de la debilidad del dólar, yen, euro o yuan en medio de una volatilidad y crisis de divisas que sólo recuerda la recesión de 1929.  En los últimos tiempos, vale recordar que primero enfrentamos la recesión de 2008-2009 teniendo como causa la burbuja hipotecaria entre otros factores y ahora el nerviosismo se apodera de una segunda crisis que hunde sus raìces en problemas fiscales, en la capacidad de pago de países.

Volviendo al tema de la exportación de materias primas, queda claro que esto no es sustentable en el tiempo, pues no nos puede durar toda la vida porque en algún momento –como ya se advierte- se agotarán los recursos naturales, de manera que no veo cómo saltar en un pie, tema de actualidad que aun no se agota en los foros empresariales.

El día que tengamos industrias para la exportación –sin desconocer los tímidos intentos de ahora-, ese día habremos desarrollado capacidad plena para extraer, procesar y comercializar nosotros mismos los recursos naturales –que son de todos- dentro de un contexto de comercio exterior justo y responsable. Ese día podremos celebrar y lo podremos hacer en la medida que ensanchemos las espaldas de nuestras industrias con una nueva visión de futuro, tal vez siguiendo una gerencia estratégica –como sostuvo Michael Porter en una de sus visitas a Lima- para desarrollar en las empresas y regiones o microrregiones ventajas competitivas y estrategias competitivas.

El desafío de la Academia, Empresa y Estado

El problema es que tenemos una gran fractura en la economía y en el Estado. Un Estado que Francis Fukuyama ve en el tercer mundo y una empresa que ingresa al circuito del primer mundo. Y es que el Perú no está caminando –aunque muchos se molesten- al ritmo que demanda el futuro. Ningún empresario podrìa quedar estancado en la acumulación de riqueza –según el modo de pensar del siglo XIX- y lo que es peor, poner en el rincón la gestión del conocimiento,  Del mismo modo, el Estado no puede improvisar ni hacer nuevos experimentos sin saber dónde está ni a adónde va.

Sin embargo, ¿lo que estamos viendo en la realidad empresarial de muchos países en la región es un error o tenemos que sobrecogernos por horror? Depende del cristal con que miremos las cosas. Si asumimos que la globalización sirve para que unos vean realizado su sueño de internacionalización a costa de los otros, es un error. Si pensamos que podremos sobrevivir con una educación sin calidad y sin profundidad, sin infraestructura moderna en ancho de banda, sin ciencia y tecnología, durante las próximas décadas, es un horror.

Como dice el gurú americano Fukuyama,  en cualquier país -desarrollado o emergente- la educación es crucial para generar innovación la misma que nos permite crear el blindaje de la competitividad de un país. Esto pasa, como no podría ser de otro modo, por capacitación y especialización transversal desde un Estado que se ha convertido en un montón de chatarra con leyes obsoletas –según el escritor y futurólogo Alvin Toffler- hasta una empresa limitada y enfocada sólo a actividades primarias sin dejar espacio para la gestión del conocimiento y el despegue industrial del Perú en el mundo, a partir de una revolución digital. Un problemas común, ciertamente, a los países emergentes y a los que no lo son.

Esta no es una llamada de atención a los empresarios –no soy quien para hacerlo- sino más bien una clarinada de alerta, si tenemos en cuenta lo que escriben los economistas, entre ellos Peter Diamond, de MIT, Dale Mortensen, de Northwestern, y Christopher Pissarides, de LSE., ganadores del Premio Nobel de Economía 2010. Por supuesto, no vamos a explicar aquí la teoría científica, pero sí resulta ilustrativo, reflexionar y dejar en claro que –si no actuamos a tiempo con la educación -que no puede estar en manos de improvisados ni retardatarios- podríamos estar construyendo el crecimiento y el desarrollo con pies de barro.

Siguiendo las ideas de los ganadores de los Premio Nobel –la teoría sobre el desempleo- existen razones para entender por qué habiendo vacantes en el mercado laboral, existe el desempleo. La explicación es que parece existir un proceso costoso tanto para el empleador que crea puestos de trabajo como para el empleado los busca según sus destrezas y expectativas. Del mismo modo, en el mercado laboral el empresario tiene información imperfecta sobre las características de los desempleados y éstos sobre las vacantes cuando busca trabajo, algo que para el profesor Daniel Gomez, Universidad de Chicago, resulta muy útil a la hora de pensar sobre políticas públicas y desempleo.

Como parece vaticinar Fukuyama en el futuro habrá desempleados aunque exista oferta de trabajo. ¿Por qué los desempleados no conseguirían trabajo si tienen oferta de empleo? Sencillamente porque no están capacitados ni especializados en nada. Esto, como es de suponer, tiene un efecto en cadena. Porque al no poder cubrir las vacantes que ofrece el mismo mercado –precisamente por ser recurso humano incapaz y rezagado- las fábricas no producen como debieran en un cuadro de innovación y competitividad.  Ya empezamos a ver casos en los que empresarios se pelean por el talento, busca gente altamente calificada y operarios que sepan operar las nuevas màquinas que trae la modernidad.

Siendo la falta de educación una barrera enorme para estos trabajadores, que crea ese desbalance entre empleados y vacantes, lo que viene es la falta de capacidad adquisitiva -por falta de empleo- para generar consumo de los productos y servicios –casa, auto, computadora, software etc.- y con ello la falta de compradores para dinamizar el mercado, una consecuencia del estancamiento en las escuelas, universidades, centros de innovación tecnológica y falta de conocimiento nuevo. En una palabra, es la capacitacion, el entrenamiento y la especialización lo que demanda el mercado –no lo que busca el empleador, el profesional o el obrero- lo que se convierte en poder de innovación y en poder de compra o capacidad de gestión dentro de la actividad pública y privada. Este es el gran desafío para la Academia, la Empresa y el Estado.

Como se ve, la clave de todo esto está en la gestión del conocimiento, que prioriza lo que enseña la experiencia unida a la información de avanzada para generar conocimiento nuevo. Por eso, dicen que quien no tiene experiencia, simplemente no existe, del mismo modo que quien no tiene acceso al conocimiento no podría crear innovación, generar un cambio, marcar la diferencia para competir y justificar su existencia. La gestión del conocimiento cubre precisamente esa carencia porque usa técnicas para capturar, almacenar y organizar ese conocimiento para transformarlo en capital intelectual.  La tarea de los gestores de talentos es harto dificil porque tienen que encontrar profesionales que absorben los contenidos de la economía del conocimiento, retienen esos contenido y los saben aplicar de manera eficiente y eficaz para generar competitividad.

¿Y si esto fuera posible?

Por otro lado, dejemos a los políticos que hagan lo suyo, pero éstos deben sincronizar con este nuevo pensamiento. Podemos citar como referentes hacia este nuevo mundo al ex presidente de Colombia, Álvaro Uribe quien se rodeó de la mejor gente y la invito a trabajar para el Estado –aunque todavía con alta informalidad y obsolescencia legal- y al presidente saliente Luis Ignacio Lula Da Silva quien ha demostrado que no hay contradicción entre ortodoxia y rentabilidad social –aunque deja en agenda màs esfuerzos de transparencia para profundizar la democracia, inversión en infraestructura, reforma laboral y fiscal e impulso a la ciencia y tecnología- para no mencionar a Muhammad Yunus, el Nobel de Paz, que encontró en los microcréditos una forma de dar independencia financiera a los más humildes y necesitados –principalmente mujeres- para alcanzar el control del futuro, incentivando el desarrollo económico y social desde abajo.

Obviamente, si queremos alcanzar una economía sostenible en el tiempo, el imperativo es gobernar en democracia, teniendo como base el Estado de Derecho, en el que manden las Leyes y no los hombres. Así de simple, una República en armonía rapsódica entre un Poder Legislativo –que se deshace de leyes obsoletas e inservibles y crea el marco para un Estado con respeto a la economía social de mercado, con más presencia en la obra social, más regulador contra la abusos, más rápido y más gestor para poner las cosas en movimiento, un Poder Judicial –que reclama velocidad, transparencia y predictibilidad-, y un Poder Ejecutivo que acoge a estadistas con visión de futuro, que respetan la libertad de expresión como antídoto contra la corrupción y que promueve las inversiones como elemento decisivo de prosperidad de las familias y de la sociedad en su conjunto, incluyendo cada vez a más gente.

Es decir, la consolidación de los derechos civiles, la armonía entre la comunidad y la empresa, hacer lo que reclama precisamente Liu Xiaobo, premio Nobel de la Paz 2010; lo que nos convierta en plaza atractiva para inversionistas y nos aleje del mal ejemplo de de la dictadura que todo lo digita desde el poder para eternizarse en él; y aplicar las lecciones de Alvin Toefler –mucho antes que Fukuyama y el modelo Diamond-Mortensen-Pissarides- para apurar la gestión del conocimiento, fuente de la revolución de la nueva riqueza, pero antes se requiere, como se dijo al inicio, un cambio en la forma como pensamos, como jugamos con estas nuevas reglas y cómo decidimos la reparación de esa gran fractura, la brecha digital, esa diferencia socioeconómica entre aquellas comunidades que tienen internet y aquellas que no, el nuevo nombre del analfabetismo en el siglo XXI.